Capítulo 2: Asabella

1

Rodeada de un bosque frondoso, Asabella, tenía la ventaja de ser uno de los pueblos menos contaminados de Gaia, y también, de ser uno de los más enigmáticos.

A pesar de ser tan grandes, para algunos, los árboles no solían ser más que leña para avivar el fuego los días de frío. Otros los amaban, no por el uso que podían darles, sino por el oxígeno que ya de por sí, regalaban. Verlos tan altos y fuertes como si ningún desastre natural pudiera hacerlos quebrar a veces te recordaban que la esperanza existía.

El aspecto de la carretera seguía siendo frío, ópaco y contaminante. Algunos rayos de sol, muy leves, atravesaban las hojas que proyectaban sombra y luz por la ventana del coche donde Luna Archer y Balto Albus viajaban.

Una simplicidad de luz, y los iris verdes de Luna se convertían en gotas de esmeralda ardiente. Contemplaban los ciervos y libélulas que paseaban entre el bosque y el asfalto. Los pájaros que volaban de copa en copa, cantaban libres y sin jaulas. Ansiaba proteger la inocencia del bosque. Bajó la ventanilla y se concentró en el sonido de fuera. Sentía un palpito fuerte en el pecho como quien vuelve al hogar tras un largo viaje. Confuso para ella, pues no quería ni tenía un hogar. 

Ese hombre que viajaba a su lado, no era su tío, sino una víctima más del pistolero. O eso había pensado hasta que puso un pie fuera del orfanato legalmente. No tenía claro si ese pistolero que recordaba y veía en sus sueños era bueno o malo. Durante años lo había dibujado con rabia y rencor, pero ahora, tras salir del orfanato y estar en compañía de Balto Albus, ya no lo tenía tan claro. 

Donde antes no veía camino, ahora veía dos bifurcaciones. Sus muros se había derribado antes de tiempo, antes de ser legalmente de ella misma. Tenía varias opciones: Podía encontrar al asesino de sus padres, conocer a su familia de sangre o aprovechar cualquier despiste para huir. Se sentía libre por primera vez, libre para elegir. Balto le había dado la primera llave a muchas de sus cuestiones, y estaba segura de que podía hacer el esfuerzo por quedarse un poco más. Sentía la necesidad de agradecérselo.

La casa de la familia Albus estaba construida con madera y piedra. Había una cobertura de musgo y ramas cubriendo la fachada. La eterna lucha por la naturaleza en recuperar lo que le pertenecía, en ese pueblo parecía ir a la velocidad de un rayo. Antes de bajar del coche, Balto se quedó en silencio observando a Luna. Ella le dirigió la mirada y obtuvo una sonrisa amable por parte del hombre. Balto no tardó en levantar la mirada y señalar por la ventanilla del coche, invitándola a mirar por ella. 

Apoyada en el marco de la puerta, una chica de mejillas pecosas les sonreía. 

Luna la miró detenidamente hasta que la apertura de la puerta la sacó de sus pensamientos. Bajó del coche con cierto nerviosismo oculto en apatía, no dejaba de mirar a su alrededor.  La curiosidad por esa ciudad la iba a matar. Balto trató de quitarle las maletas de la mano, pero Luna las apartó y ella misma caminó hacia la puerta que estaba custodiada por la chica.

—¡Es un placer conocerte, Luna! —exclamó la chica con una sonrisa de oreja a oreja —. Bienvenida, pasa. 

A Luna le salió sonreír amablemente, por cortesía. 

—Me llamo Zaida, ¿te ayudo con las maletas? —preguntó tratando de arrebatárselas antes de darle tiempo a contestar. 

Luna las apartó con rapidez, como si el contacto con ella le fuera a quemar, y la miró con incomodidad. Cerró los ojos avergonzada por su propia reacción y los abrió tras suspirar.

—No te preocupes, puedo sola  —afirmó adentrándose en la casa. 

Balto se acercó tranquilamente, respetando el espacio de Luna e hizo un gesto a Zaida para que la acompañara a su habitación. La joven Albus se sintió ofendida, pero trató de ponerse en su lugar y enseguida fue con ella. Como su padre siempre decía, cada persona era un mundo, y no podía juzgar sin conocer. 

La casa estaba llena de fotografías antiguas, de familiares cercanos y lejanos. Daba la sensación que si preguntaba por un individuo concreto, no sabrían bien qué responder. Su parte favorita del salón fue la chimenea separada por seguridad de una inmensa estantería repleta de libros, de historias, de opiniones, aventuras y un largo sin fin. 

A pesar de la humedad exterior, la casa era seca y cálida. Parecía una casa con grandes historias y a su vez, sencilla, pero al ver en el marco del separador entre la cocina y el salón, una herradura de caballo que a su vez sostenía unas ramitas de romero, le hizo recordar el tema de la brujería de la que le había hablado Balto Albus.

Zaida no tardó en aparecer detrás de ella, sacándola de sus pensamientos, de su análisis del lugar. 

—Puedo enseñarte la casa si así te sientes más cómoda. Ven, tu habitación está arriba. 

Sin darle tiempo a protestar, Zaida le quitó la maleta más pesada a quien por parte de sangre era su prima, y fue directa a las escaleras. Luna la siguió deteniendo su mirada, mientras subía los escalones, en los rostros de las personas de las fotografías que habían en la pared.

El piso de arriba tenía cuatro habitaciones y un baño. Vio a Zaida abrir una de las puertas y la imitó. Se sentía una extraña en esa casa, como si estuviera entrando a un sitio que no le pertenecía. De hecho, no lo hacía. Entró a la habitación siguiendo a Zaida. Observó la habitación completamente vacía. La cama con sábanas nuevas junto a una ventana. 

—¿Desde cuándo vivís aquí? —preguntó al ver un viejo baúl al fondo de la habitación. Era antiguo y un candado lo mantenía sellado. Dejó las maletas sobre la cama y se giró para hacer contacto visual con la chica de pecas. Ahora se fijaba en sus ojos, eran como el color de la miel. 

—La casa ha pertenecido a generaciones. Mi padre y yo vinimos a vivir aquí después de qu asesinaran mi madre —contestó amable, aunque acechándola con la mirada. Se apoyó en el tocador que había al entrar y no le quitó la mirada de encima —, ¿por qué? 

Luna se encogió de hombros y miró al baúl sutilmente. No había otro sitio donde centrar la mirada.

—Entonces… aquí se crió tu padre, ¿no? 

—Esta era la habitación de tu madre —le soltó, un poco borde para su amabilidad natural —. Es lo que quieres saber, ¿verdad? Ese baúl era de tu madre, pero si tienes un mínimo de respeto por la abuela, yo que tú no intentaría abrirlo. 

Luna bajó los hombros avergonzada. No estaba creando el mejor ambiente para dejarse conocer por quien era su familia de sangre. No estaba dando una buena imagen, y aunque nunca le había importado no darla, le dolió la contestación de Zaida. Le dolía cuando eran las personas humildes de corazón las que sufrían. Ni Balto ni Zaida habían sido energúmenos con ella. Todo lo contrario. 

—Estás dando muchas cosas por hecho, Zaida —y la joven pecosa hacía bien —. No intentaba ofenderte.

—Me molesta que intentes sacarme información. Sé directa conmigo. Me alegra que estés aquí, pero si estás a la defensiva no puedo hacer mucho más. 

—Lo siento —se disculpó Luna, estaba siendo humillante su comportamiento. 

Zaida se apiadó. Supuso que no era fácil, estaba en casa con desconocidos dijera lo que dijera la sangre 

—Y yo. Yo también lo siento si he dicho algo que no debía, Luna —se disculpó incluso sin un motivo objetivo. Ese simple gesto hizo que Luna se sintiera peor, pero aliviada. Zaida era buena persona. 

La joven pecosa guardó silencio y salió de la habitación para dejarle privacidad. 

Al quedarse sola en la habitación, Luna observó las paredes de la habitación. Podía suponer o imaginar, que las paredes nunca habían sido pintadas o decoradas de forma inusual. A pesar de no encontrar nada visual que le recordase a su madre, la sentía cerca. Se sentó en la cama y comenzó a sacar la ropa. No tenía más, solo lo necesario. Así era el orfanato. Volvió a mirar el baúl en cuanto tuvo oportunidad y se aseguró que ni Zaida ni ningún miembro de la casa, la espiaba. 

Quizás era el espíritu de la casa, que era tan sano y mantenía tanta luz dentro de él, que era fácil que se sintiera cerca de su madre. Allá a donde se encontraba el primer hogar. 

Nunca se lo había preguntado a sí misma, y ahora rondaba por su cabeza. No sabía si al morir prefería descansar allá a dónde había acabado su vida, o si prefería volver al lugar donde nació. Igual el corazón podía dividirse, quizás podías tener dos hogares. O ninguno. O formar el tuyo propio. Con la cabeza despejada habían posibilidades infinitas. No sabía qué suma de oportunas casualidades tenían que darse para que su mente estuviera calmada. 

Ansiaba sentirse así siempre, incluso con la incertidumbre a lo desconocido, sentía excitación. Juraba que mientras deshacía la maleta, escuchaba murmuros en el piso de abajo, aunque a veces el viento le hacía pensar que venían del bosque. 

2

La pared que recorría la escalera que unía las dos plantas de la casa, estaba repleta de fotografías de familiares, y no tardó en reconocer a su madre en algunas de ellas. Fotos de muy joven, cuando era una niña o adolescente. Echó de menos no ver ninguna fotografía de su padre. Les echaba de menos, y cuando se acordaba de ellos, también se acordaba del pistolero. 

Se fijó, sin poder evitarlo, en la señora Beatriz Albus. Tenía unos ojos potentes capaces de cortar la respiración y obligarte a arrepentirte de todas las cosas de las que llevabas cargo de conciencia. 

—¿Te gustan las fotos? 

Tropezó en el escalón al escuchar la voz y se agarró a la barandilla. Levantó la barbilla para toparse al otro lado a la señora Beatriz. Su mirada apenas había envejecido. Allí estaba, erguida con sus facciones consumidas por el tiempo. Sus labios estaban maquillados con un leve carmesí, y llevaba un largo vestido que le llegaba por encima de los tobillos. 

Aunque Luna estaba más arriba en las escaleras, se sintió mucho más pequeña que Beatriz. Bajó los escalones y se acercó a ella, aunque mantuvo una distancia prudente. Hizo una última mirada a los retratos y asintió con la cabeza. 

Beatriz la miró detenidamente y dio un paso hacia ella. Le acarició los brazos y su rostro serio se relajó para mostrarle una sonrisa. Luna era la viva imagen de su hija. 

—¿Te ha enseñado Zaida la casa? 

Luna negó. Estaba rígida, incapaz de soltar el aire de sus pulmones. Creía que si abría la boca, tardamudearía de los nervios. Miraba a los ojos de esa mujer buscando los ojos de una abuela, pero no era capaz de sentirlo. Se preguntaba si durante su estancia en aquella casa conseguiría sentirla sentirla como un hogar. 

—Puedes moverte con tranquilidad por toda la casa. Es importante que no te asustes, el pueblo duerme de día, por la noche es más movido. Estarás bien con Zaida. 

Luna amplió su mirada. A veces le decían frases que no sabía cómo tomárselas. Quería que le contaran esos secretos que guardaban para no asustarla, y que por desgracia, ella tampoco había dado la oportunidad de contar. Debía de poner de su parte. 

—¿A qué se refiere con que el pueblo duerme de día? Qué locura, la gente duerme de noche.

—Hay cosas que es mejor ver, Luna. Primero necesitarás descansar. 

Descansar. No podía ni encerrarse en la habitación cómodamente.

—Es violento. La situación es muy violenta para mi.

La anciana mujer sonrió empatizando con ella. Deslizó sus manos por los antebrazos y volvió a tomar distancia con ella. 

—Querida, tómate una taza de tiempo —le dijo su abuela con aterciopelada voz. 

3

En la mesa cuadrada de la cocina, Luna se sentó por primera vez en años, en familia. Debajo del mantel, sus manos estiraban los hilos sueltos de las mangas de su jersey. La mejor forma de conocer a la gente era escuchándola hablar. Lejos de su estado pasivo-agresivo con respecto a considerarlos familia, era consciente de que si apartaba el brazo todo el rato, al final ellos se cansarían de intentar agarrarlo. 

Sintió curiosidad, quería saber qué cosas podía descubrir en su nuevo hogar. ¿De qué forma pensaba Balto Albus? Y la que más, más tenía ganas de conocer, Beatriz. Luna había vivido los últimos años de su vida encerrada y sentía que no podía compartir con nadie nada de lo que había aprendido durante esos años, aunque, en concreto, había aprendido a sentir leyendo. Muy adentro, tenía ese vacío, el vacío de una familia, y por qué no, de la amistad. 

—Esta noche le presentaré a Carol. Gabriella y Gabriel también tenían muchas ganas de conocerla —le contaba Zaida a su padre mientras Luna escuchaba.

Una abuela, un tío y una prima. Eran familia, aunque muy pequeña, había un inmenso amor. No solo por ellos, sino por los que ya no estaban. Luna sintió un nudo acordonarse sobre su garganta.

—Vuelvo enseguida —se excusó Luna y se retiró de la mesa para ir al baño.

Se llevó la mano a la garganta con una terribles ganas de llorar, pero no le salía. Odiaba su cabeza. Había pasado de sentirse libre y con mil opciones, a sentir una soledad que llenaba de niebla sus caminos. No echaba de menos tener amigos, o quizás sí. A menudo echaba de menos cosas que nunca había tenido. 

No se había dado cuenta de cuánto necesitaba llorar, escapar del orfanato y comenzar algo nuevo hasta que Balto Albus fue a sacarla de ese orfanato. Lloró en silencio sobre el lavamanos y al terminar, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano antes de recurrir al agua. Al acabar, una gran bocanada de aire y una triste sonrisa que trató de imponerse frente al espejo. 

Salió del baño. Al fondo del pasillo, una mujer de pelo largo se hallaba mirándola desde el sillón. Luna afinó su vista, buscaba las posibles prendas que creaban esa imagen en su cabeza. Le escocían los ojos así que los frotó. Veía borroso y en aquella casa no había nadie más. Antes de quitarse las manos de los ojos, sintió un aliento putrefacto sobre su cara. Al apartarse las manos, vio el rostro de la mujer sin párpados. Se tiró al suelo y se dobló. Estaba temblando. 

—Alienat malum —pronunció Beatrice por el pasillo con un pequeño mástil plateado. 

Luna notó las vibraciones de los pasos fuertes de aquel monstruo con forma de mujer. No quiso abrir los ojos, tenía miedo de abrirlos y darse cuenta de que quien le estaba cogiendo del brazo, no eran ni Zaida ni Beatriz ni Albus, y que ni siquiera era un desconocido, sino un monstruo. Y ya suficiente tenía con los que vivían, de vez en cuando, en su cabeza.

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