Hoguera de estrellas: Prólogo.

Era una fría noche del 3 de octubre del año 2146. Euphya, antes de la guerra que arrasó con los continentes, era conocida como Europa. Corrían tiempos en los que se necesitaba un hogar, y una familia nunca estaba de más. Un lugar donde sentirte a salvo, como el calor de una hoguera en invierno. 

Gélido el aire que acariciaba las hojas de los árboles en un intento de arrancarlas. En un encantador pueblo de la región de Gaia, Luna Archer de dieciséis años, solía dedicar su tiempo a pasear por el gótico cementerio. Una actividad que para una niña no estaba bien visto. La gente hablaba, por supuesto, todo el mundo opinaba sobre ella pero nadie la conocía. Nadie habría dicho nada si se hubiera tratado de un viudo o una viuda. Ninguno de ellos arrastraba la culpa de una niña huérfana con la culpa a flor de piel. Luna Archer había presenciado con tan solo diez años el asesinato de sus padres, Sara y William Archer. 

Fue un medio día al salir del colegio. Había llovido durante toda la mañana, las típicas lluvias de primavera. Ella llegó a casa con una mochila y unas botas de agua amarillas embadurnadas de barro. Ahora apenas podía recordarlo con claridad, pero recordaba el horror y el palpito de su pecho que la paralizó en el marco del que era su hogar. Sus ojos jamás podrían olvidar a su padre degollado entre los brazos de su madre que chillaba. Había un hombre alto y vestido con gabardina en sus vagos recuerdos. Se acercaba a ella. Fueron los gritos de su madre implorándole que huyera lo que le hicieron reaccionar. Corrió presa del pánico, más de lo que jamás habría imaginado. Fue la primera vez que se sintió desprotegida. 

Hasta entonces nunca había pensado en la muerte, pero después de eso, su cabeza no volvió a funcionar igual. Estuvo merodeando horas por el puerto del pueblo sola y sin rumbo. Tuvo miedo de volver a casa pero también lo tuvo de irse. Decidió volver a casa. La puerta estaba medianamente abierta, como si su madre la hubiera dejado así para ella. Empujó con sumo cuidado la puerta pero un bulto le impedía abrirla del todo. Supo al empujarla que se trataba de un muerto. Al poner el pie en la húmeda moqueta de sangre, las suelas de sus botas amarillas se impregnaron de ella. A pocos centímetros, se percató del cuerpo inerte de su madre. Unos metros más adelante, el de su padre. 

En aquel momento las piernas de Luna flaqueaban. Cogía aire para llenar sus pulmones pero había olvidado cómo se respiraba regularmente. Ella, desconocedora de la vida y la muerte, no era capaz de comprender. Hizo lo primero que se le vino en mente. Despertarlos.

“Mamá, papá… despertad, por favor, despertad”.

Su boca se cerró con rigidez. Muda y en blanco. Estaba sola y ellos no iban a responder. 

Aquella noche, los cadáveres de sus progenitores descansaron sobre la moqueta. Luna Archer lloró y lloró como nunca hasta quedarse dormida. Ni siquiera se le pasó por la cabeza pedir ayuda a los vecinos. Solo quería despertarse con el olor de las tortitas que su padre solía preparar para desayunar los domingos. 

Despertar de una pesadilla nunca es fácil. Dan más miedo cuando son de verdad. Y la realidad de aquel día fue para Luna, que sus padres habían sido asesinados por motivos que una niña no podía entender. Se había quedado sola. La habían dejado sola en el sentido más triste de la expresión. 

El número de la habitación de Luna en el orfanato era el 24. También era su número favorito. Llevaba en esa habitación desde que llegó. Nunca tuvo especial deseo de ser adoptada. El orfanato estaba a diez minutos del cementerio. Tampoco creía que nadie fuera a buscarla. Sus padres, por alguna razón que desconocía, cortaron todos sus lazos familiares. Con ambas familias. Como si fuera un amor prohibido. Había días en los que se sentía tan sola que los culpaba. 

En su pared habían algunos dibujos que hizo con doce años. Un hombre alto con gabardina que parecía un pistolero. Era el asesino de sus padres. Lo dibujaba con la intención de recordar su cara. Su habitación era donde más cómoda se sentía pero era una jaula. Una jaula dentro de otra jaula. Buscar asesinos entre el orfanato y el cementerio era tan inútil como buscar una aguja en un pajar y que nunca hubieran tirado. 

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