Hoguera de estrellas: Capítulo 1 – Luz de luna.

Los primeros días de nieve solían ser aburridos para los niños del orfanato. Se sentían inquietos dentro del viejo edificio. Tierna necesidad de salir a jugar con los artefactos del patio. Contra ellos estaban las normas de la señora Cattie De Luca, institutriz. El orfanato antiguo estaba situado a las afueras de Euphya, lejos de la contaminación luminiscente de la ciudad. El techo era de madera. Cualquiera que lo mirase creería que cedería por el peso de la nieve. No era el edificio que más estabilidad inspiraba. 

Incomprensiblemente, lejos de los chanchullos que llevaban en la institución, el edificio no iba a caerse. Estaba todo en regla. No obstante, una de las bromas favoritas de los niños era hacer creer a los más pequeños que algún día la madera se rompería. Si el techo de derrumbaba con toda la nieve que había en él, morirían asfixiados. 

Gracias que el sofisticado salón victoriano contaba con la calidez de una chimenea, la calefacción del resto del edificio estaba rota. En la mesa redonda del centro, un grupo de huérfanos jugaba a las cartas entre risas y trastadas. Mientras tanto, el reloj de cuco recién barnizado de la pared contaba los minutos que la señora Cattie De Luca, de sesenta y ocho años, llevaba hablando con un hombre en su despacho. Los niños de la mesa juraban haber oído el nombre de Balto Albus. Un apellido poco común. Nunca lo habían oído antes, pero podían asegurar que la elegancia de aquel hombre los eclipsaba. 

A pesar de que aquel hombre no sería para ninguno de ellos una llave para salir de allí, era habitual que se emocionaran con la idea de que algún día les tocaría a ellos. La adopción. Necesitaban creer que algún día podrían tener la oportunidad de vivir una vida corriente con una familia. Cattie era una mujer muy maternal y amable, por supuesto que la echarían de menos si se iban. Sin embargo, todos ellos soñaban con encontrar un hogar. Unas personas a las que llamar hogar más allá del orfanato. Todos querían vivir experiencias como los niños de las películas, como en la antigua película Chesnut.

La gran mayoría deseaba eso, pero Luna Archer siempre parecía ser la excepción.

Cualquiera de los muchachos juraría por su juguete favorito que Cattie De Luca no siempre era la mujer responsable que aparentaba ser. Como humana, había cometido sus pequeños errores. El que más le pesaba ocurrió una noche de mayo de 2142. Luna Archer, de tan solo doce años, le pidió permiso para pasar del límite de las vallas que rodeaban el terreno. Sintió pena y lástima por una adolescente que usó su pérdida a su favor. Luna no volvió a la hora acordada y Cattie De Luca llamó alarmada a la policía.

Aquella madrugada, la policía pilló a la joven huérfana intentando colarse en el cementerio a media noche. La única declaración que compartió con la policía tenía que ver con pillar al pistolero desprevenido. Juraba haber visto un silueta cerca de sus padres. Por suerte para Luna y Cattie, el asunto fue tomado como una simple gamberrada. Nunca más se volvió a repetir.

Luna no tenía muchos amigos de su edad en el orfanato, al final pasaba más tiempo sola. 

Pasó alrededor de una hora cuando Cattie De Luca y el señor Balto Albus salieron de su despacho.

Los niños, expectantes, dejaron de jugar a las cartas y se acercaron para ver al hombre de tez oscura. Tenía los ojos castaños y una dulce sonrisa. Venía solo. Sin un marido o una mujer que lo acompañara. Cattie De Luca se detuvo frente a los niños con los brazos en posición de jarras sobre su cadera y arqueó una de sus cejas blancas. 

―Como puede usted comprobar, señor Albus, estos niños son unos metomentodo ―dijo Cattie con diversión. Los pequeños rieron traviesos viéndolos marchar por el estrecho pasillo adornado de antiguos cuadros. 

Balto Albus era un hombre que transmitía tranquilidad. Su rostro sereno y su perfecta piel de terciopelo apenas sin arrugas. Tenía una cicatriz muy pequeña en la comisura izquierda de sus gruesos labios. Debías fijarte muy bien para verla. 

―Siento el interrogatorio. Cuando me dijeron que quería contactar con Luna, pensé en lo peor. Fue como un escalofrío, señor Albus. El mundo es un sitio que da miedo sobre todo cuando eres tan pequeño. Todos somos pequeños en nuestra cierta medida pero ya me entiende. Un hombre viudo que se interesa por una adolescente huérfana… pensé que usted era un maniático loco en busca de una presa ―le explicó. No tenía miedo de decir lo que pensaba porque aprovechó su sinceridad para ver la expresión del hombre.

Él no supo si reír, su rostro seguía sereno. Apenado por las injusticias que marcaban el día a día.

―No la culpo, señora De Luca. Me enteré hace muy poco de que tenía una sobrina. Mi hermana y yo cortamos nuestra relación hace más de diecisiete años. Me hubiera gustado arreglar las cosas. Cuando te haces mayor ves todo de forma distinta.

―Dígamelo cuando tenga usted mi edad ―le indicó la mujer con cierto toque de sabiduría ―. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. 

El pasillo estaba lleno de puertas. Una leve sensación de vértigo llegó al pecho de Balto. Agradeció que por fin se pararan frente a una de las puertas. La señora Cattie De Luca llamó tres veces a la puerta. Hizo una pausa y luego dio un cuarto golpe. Él no era tonto, estaba advirtiendo a Luna.

―No quiero meterme en asuntos personales, pero ¿qué le ha hecho querer hacerse cargo de Luna? ―preguntó verdaderamente preocupada.

―Es la hija de mi hermana. 

―No parece que haya estado muy unido a su hermana durante estos años. No me malinterprete, me parece un gesto muy noble. No todos estarían dispuestos ―garantizó Cattie ―. Aun así, veo que es usted de la vieja escuela.

―¿A qué se refiere?

―Bueno, usted no es su familia. Creo que debe esperar un poco. Sí, eso es. Aún no la conoce. Ella tiene que sentir que podéis ser una familia ―aclaró anciana mujer.

―Debería. Tiene mi sangre y la de mi hermana ―intervino Balto. Claramente aún no entendía lo que la señora Cattie De Luca quería decirle.

―Y eso, señor Albus, no os convierte en familia. Recuerde usted, que está en un orfanato y le aseguro que estos niños no perdieron a sus padres biológicos en accidentes de tráfico. Luna es una de tantas excepciones. Lo que les pasó a sus padres fue una tragedia, y las tragedias solo las entierra el tiempo.

Balto Albus entreabrió sus labios para debatirle. Él le daba un significado de amor incondicional a su familia mientras que la señora Cattie De Luca veía en la familia un amor que si no cuidabas se pudriría. La garganta se le cerró cuando topó con los ojos color esperanza apagada. Verdes como los de su hermana. Luna Archer meditó unos segundos antes de abrir la puerta del todo sin quitarle la mirada al hombre que había frente a ella.

Luna deseó con todas sus fuerzas que la señora Cattie De Luca se quedara con ellos, pero se marchó. Le aterraba quedarse a solas con quienes no conocía. Cualquiera podía hacerle daño si así lo quería. Tan fácil era echarse encima de alguien y usar la fuerza bruta. O coger un objeto afilado y lastimar. Desconfiaba con motivos. Además, la gabardina marrón que llevaba Balto le recordaba a la del pistolero. 

―Buenas tardes, señor Albus.

―Puedes llamarme Balto ―dijo amable. Una amabilidad incómoda que solía mostrarse con las personas a las que acababas de conocer.

Luna abrió la puerta del todo para dejar entrar al adulto a su habitación. Era un gran paso dejar entrar al desconocido a su zona de confort. Cerró la puerta una vez estuvo dentro y se giró para darle la cara. 

―¿Cómo estás Luna?

―No lo sé, supongo que lo normal es responder que estoy bien. Yo te preguntaré por ti y tú me dirás que también lo estás. Por educación.

―Así que educación… ―Balto rió irónico mientras observaba los pocos objetos que quedaban en la habitación de Luna y que ella había decidido dejar allí ―, intentaba ser amable.

―Lo sé. Gracias. Supongo ―inquirió algo tímida y seca. Había un mar de dudas en su cabeza que la ponían completamente de los nervios ―, ¿puedo preguntar por qué yo? Quiero decir, hay muchos niños que están deseando marcharse de aquí. 

―¿Tú no quieres eso?

―No. Estoy bien aquí.

―¿No quieres estudiar? ―un pequeño error que tuvo al pensarlo ―, perdón, quiero decir estudiar en un instituto. Conocer gente y hacer amigos. Hay mucho ahí fuera Luna. Los psicólogos han dicho que este sitio se está convirtiendo en tu prisión.

―Estoy bien aquí. Es mi voluntad, señor Albus.

―Dudo que se le pueda llamar voluntad a la culpa.

―Pues se puede. Mire, no sé qué ha pasado en su vida para que quiera hacerse cargo de mi, pero yo no quiero irme a ninguna parte. Estoy segura de que vienes de lejos y querrás volver pronto a tu casa ―recalcó Luna.

―No vengo de muy lejos, la verdad. Podemos charlar un rato. No tengo prisa.

Ella lo siguió con la mirada expectante. No parecía mala persona, pero usualmente nunca lo parecían.

―¿Vives solo?

―Con mi madre y mi hija. Zaida. Tiene tu edad ―contestó simpático.

―¿Divorciado?

―Viudo.

―Lo siento mucho ―se disculpó ella con aflicción.

Balto Albus chasqueó su lengua sosegado.

―Mira Luna. Estoy aquí porque he venido a por ti. No voy a dejarte aquí. Eres la viva imagen de tu madre… mi hermana.

Luna sintió su cuerpo tensarse como si una gran ventisca la congelara. Con el ceño fruncido y el corazón en su puño, miró con más atención que antes al hombre de piel morena. No sabía qué decir ni qué hacer. Nunca admitiría la extraña sensación de rabia, vacío y esperanza de la que se llenó. Estaba enfadada. Habían pasado seis años desde la muerte de sus padres y nadie había ido nunca a por ella. Nadie se había preocupado por venir a buscarla antes para darle un hogar. Desconocía las razones pero si Balto lo había sabido todo ese tiempo, ya tenía razones por las que negarse a ir con él. 

Se le comió la lengua el gato. Descubrir que aún tenías un vínculo de sangre era inquietante. Quería seguir conectada a su vida y su origen. Luna Archer lo necesitaba como oxígeno para respirar. Su abuela estaba viva y tenía una prima. Pasaron tantas imágenes por su cabeza. Imágenes de momentos cotidianos que vivir con una familia. Se preguntaba si cenaban juntos todas las noches y después veían todos juntos una película en el salón.

Reparó en los ojos de aquel hombre y al mismo tiempo recordó que había olvidado los ojos de su madre.

―Espera. Por favor ―se sintió tan vulnerable que se vio obligada a cerrar los ojos y cogió aire dándole la espalda al señor Albus ―. Mi madre no tenía más familia. Solo mi padre y yo.

―La tuvo. Nos tuvo, Luna. Decidió irse por su propio pie.

Luna alzó la mirada con cierto enfado mientras fulminaba a Balto ―¿Por qué? ¿qué le hicisteis?

―Es complicado de explicar aquí. Este no es el momento. ¿Tienes tus maletas?

―No quiero irme. No necesito que nadie se apiade de mí. He estado seis años de mi vida aquí, ¿entiendes lo que son seis años? si aguanto dos más no le deberé explicaciones a nadie. Ni siquiera a usted ―se giró bruscamente con la rabia rozando su tráquea. 

―No le hicimos nada Luna. Tu madre decidió irse porque tu padre no aceptaba lo que nuestra familia hacía. 

―Solo quiero saber qué era… ―imploró ella con impotencia. Necesitaba entender.

―Brujería.

La expresión del rostro de Luna cambió por completo. Brujería sonó como una palabra mágica. A Luna se le pasó por la cabeza el espiritismo y su tono de voz cambió drásticamente. Ahora sí que le interesaba escuchar.

―¿A qué te refieres con brujería? ¿Magia? ¿como en Harry Potter?

―No, no ese tipo de magia ―rió ―. Me refiero a espiritismo, rituales… ya sabes. Son cosas que alguien común encontraría tenebroso practicar. 

―¿Y la señora De Luca sabe esto?

―Por supuesto que no. Y te agradecería que no dijeras nada… ¿por qué no aceptas venir? Allí está tu hogar.

―Mi hogar no está en ningún sitio. Aún.

―Incluso las aves buscan su bandada de pájaros. 

―Si quieres convencerme mejor que me hables del espiritismo. Te miro y una triste esperanza quiere decirme que, si estás aquí, si te has enterado de que yo estoy aquí es porque mis padres te lo han dicho. ¿Has hablado con ellos? ―solo el asentimiento de Balto ya hizo que su rostro se descompusiera ―, ¿puedo? quiero decir, ¿puedo yo hablar con ellos? 

―Es complicado, Luna.

Ni en un millón de años, ni cualquiera de las cosas que tenía las habría cambiado por la sensación de libertad y amor que sintió al pensar, y creer, que había una mínima posibilidad de volver a hablar con sus padres. Necesitaba hacerlo o se moriría. Quería sentirles otra vez. Ansiaba saber quién era el pistolero y vengarse.

Era una chica curiosa pero no como para que la mataran. No quería jugar con tableros embrujados ni enfrentarse a fuerzas que desconocía. 

A veces simplemente se quedaba observando lugares oscuros, aquellos que niños y adultos suelen temer por si un monstruo aparece. Pero ella ansiaba ver a sus padres. Pálidos e inertes, como espíritus velando por ella. Soñaba con acercarse y sentir el frío de sus almas. Sabía que aquellos que se iban sin querer siempre se quedaban en tu corazón. 

Por muy pequeña que fuera, Balto encontró una posibilidad de convencer a Luna.

―¿Vendrás?

La duda que sentía la joven se mezclaba con el miedo. Tantos años encerrada en el mismo lugar le provocaban recelo a abandonarlo. 

―Una última pregunta ―pidió Luna sin dejar de mirar a Balto. Esos ojos castaños que ahora con la luz se asemejaban más al color de la miel.

―Adelante.

―¿Qué sabes sobre el asesinato de mis padres? ―tuvo que aguantarse las extrañas ganas de llorar pues los recuerdos se le venían una y otra vez a la cabeza.

Balto relajó sus hombros y miró a Luna con afecto. 

―Que detrás de él están las mismas personas que asesinaron a mi esposa ―contestó él con coraje. Si existía la más remota posibilidad de hallar a los asesinos, Luna quería irse sin mirar atrás.

―Iré a por mis maletas.

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